El debut de Renato Garín en la literatura chilena con su novela Pasajera en trance (2026) nos pone sobre la mesa, quizás, uno de los temas que más preocupan al escritor de El patio del poder y de Los reemplazantes: esa fisura social en la clase acomodada que se manifiesta violentamente en bombazos que rompen la pasividad de un Santiago acostumbrado a rendir y producir como una máquina. Hablar de Garín es dar cuenta de un intelectual que ha dado luces claras acerca de su posición política, cuando fue diputado y ex constituyente. Pero lo que nos convoca acá se relaciona con su calidad de escritor y de observador crítico de nuestra sociedad chilena y de nuestro tiempo.
La historia que nos cuenta la primera novela de Garín es muy sencilla, pero a la vez profunda y crítica. Es la historia de amor y desamor (intensa y un tanto breve) entre Juliana Rivas Victorino, hija de una de las familias "fundadoras de Chile" residente en Zapallar y perteneciente a la élite fundacional chilena, e Ignacio de la Fuente (abogado, apodado "Mr. Doc" en su lugar de trabajo), relación que hace nacer en la mente de Ignacio viejas ideas anarquistas que incendian el vínculo de ambos personajes. Ignacio, que trabaja en el bufete de abogados del padre de Juliana, llega a sus viejas ideas ácratas, adquiridas en la Universidad de Chile gracias a la influencia del profesor José Miguel Carboni, profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, quien fue la influencia anarquista del joven abogado. Ignacio, agobiado por la soledad y por el duelo que arrastra tras la pérdida de sus padres, tenía un mundo reducido a ser un abogado especializado en la corrección y redacción de documentos jurídicos, hasta que Juliana llega a su vida. El gancho para generar la relación de los dos jóvenes fue la música de Charly García. Aquello fue el puente que los unió y también el aspecto clave que tuvo la fiscalía para dar cuenta del autor de los atentados con bombas tanto en Santiago como en Zapallar.
Juliana Rivas Victorino es una joven actriz que hace un programa de viajes para la televisión chilena, y que se transmite, también, por streaming. Al inicio de su labor televisiva, en la primera temporada del programa Juliana, muestra y comenta su viaje a Europa como una turista burguesa y desocupada. Sin embargo, en la segunda temporada de ese programa, Juliana le da un giro, gracias, en cierto modo, a Ignacio y sus ideas ácratas, que surgen desde los estantes polvorientos de la biblioteca que el joven abogado tiene en su departamento. El cuaderno de tapas naranjas es el elemento que genera a la postre el quiebre de la relación entre ambos amantes y que le da un impulso nuevo al programa de viajes, una impronta cultural que rescata raíces culturales aplastadas por el discurso oficial. Ese cuaderno contenía ideas, pensamientos y apuntes de las clases magistrales que José Miguel Carboni impartía, y de las cuales Ignacio era ayudante de cátedra en la casa de Bello. Estas ideas, que los jóvenes fueron descubriendo entre conversaciones y sexo, influenciaron esa segunda temporada del programa de Juliana, pero esta vez se le dio al espacio televisivo un enfoque cultural marcado por una relectura del imperio incaico y su rol en la época de la fundación de Chile. Fue así como esta nueva temporada fue tomando un impulso cada vez más fuerte. Pero todo cambió cuando Juliana tuvo que hablar de los incas y su vínculo con la ciudad de Santiago de Chile, y se produjo el quiebre definitivo con Ignacio, una vez que la relación se enfrió en esa pasión del inicio, gracias al famoso cuaderno de tapas naranjas. Luego de este acontecimiento, la heredera de Felipe Rivas se exilia en una playa californiana para dar vuelta la página de su fracasada relación y buscar nuevos horizontes laborales. Sin embargo, al final de la novela, ese exilio termina abruptamente y debe volver con urgencia a Chile.
En la obra de Garín, la historia está al servicio de la idea temática de que algunos miembros de la élite chilena —muy bien conectados socialmente, poseedores de todos los medios materiales para ampliar sus conocimientos y patrimonios, y muy bien educados— sean capaces de generar pánico en la población inocente (con razón o sin ella) y tengan las agallas de colocar bombas en los centros más representativos del poder económico, como es el caso de Sanhattan, en pleno corazón del capitalismo más salvaje de Chile. Esto es una muestra de que algo le pasa a la sociedad, o por lo menos a una parte de ella. El asunto es que, en los burgueses que llegan a esos extremos, lo más probable es que algo, en el plano más personal o espiritual de esas personas, esté roto por dentro. Tienen un sufrimiento en su individualidad, un sufrimiento de tipo mental, que encuentra la coherencia y el sentido en posiciones ideológicas como el anarquismo, que son una respuesta para aquella visión personal que está atravesada por resentimientos de todo tipo, y que los hace ejecutar esas acciones directas que vemos en la novela bajo el formato de los bombazos. En este sentido, uno de los casos que seguramente inspiró al autor fue el caso real de Luciano Pitronello. Este joven rebelde, de corte insurreccional, se hizo famoso en Chile por ejecutar una serie de atentados explosivos en distintas partes de Santiago. De aquello resultó que este sujeto quedara mutilado tras la ejecución de uno de esos atentados que salió mal. Este hombre, a quien el destino ya tenía identificado, perdió la vida en un confuso accidente laboral que involucró electricidad y negligencias varias, al parecer. El caso es que esta persona lo tenía todo para ser algo diferente de lo que llegó a ser; sin embargo, se cruzó en su camino la doctrina anarquista y todo cambió para él.
Como se sabe, existen, ideológicamente hablando, varios tipos de anarquismo. Tenemos anarquistas de izquierdas —de tipo insurreccional—, ecologistas y anarcocapitalistas de derechas, por mencionar los más conocidos. Pero para no ahondar en tecnicismos en esta reseña, diremos a modo de síntesis que la doctrina anarquista apela a la acción directa como un método de coerción social que raje el tejido que une a los individuos de una sociedad, en este caso la burguesa. Esto funciona en el sentido de buscar generar miedo en el conjunto acomodado de la sociedad. Esos actos que generan miedo están incubados en esas mismas sociedades burguesas, y se traducen en cómo se les van achicando los espacios de libertad a los acomodados señores de salón. Pero nadie, ningún personaje, hasta casi bien entrado el final de la historia en la novela, pudo imaginar que desde dentro del sistema hay alguien que quiere su destrucción a cualquier precio, porque hay en él algo roto, y que las doctrinas ideológicas vienen a llenar el hueco de sentido que hay en esos sujetos, adaptados al sistema (en algunos casos) pero solo superficialmente.
En síntesis, esta novela es una obra que hace un llamado para que todos nos demos cuenta de que las placas tectónicas sociales se están moviendo hacia lugares de los que quizás ni siquiera logramos percatarnos. La manera de dar aviso de estas cosas que se están gestando, con una fuerza y velocidad que a veces sorprenden, son los trompeteros de la literatura, que avisan, que llaman y claman para que nos demos cuenta de que cada vez hay más violencia en todos los planos de nuestro mundo humano, donde la moral ha perdido su sitial. Solo hay indiferencias, egoísmos, egos, sujetos hedonistas y todo tipo de felonías, donde el dinero es el verdadero dios y las personas caminan ciegas cargando lujos de insolente indolencia. ¿Qué respuesta hay ante esto por parte de sujetos como Ignacio de la Fuente? Eso es lo que cada uno de los lectores de Pasajera en trance, de Renato Garín, debe descubrir en las páginas de esta interesante novela.

