La novela refleja la transición de un niño inocente y tímido hacia el hombre en que se convierte Yozo en el Japón de principios de siglo. Observamos a un joven de secundaria que, ante un padre autoritario y distante, oculta su vulnerabilidad tras una fachada de payasadas y bromas. Yozo percibe su desconexión con el mundo como un tormento constante, lo que lo conduce a una espiral de autodestrucción marcada por el alcoholismo, las drogas, el desapego familiar y relaciones sentimentales fallidas. Es aquí donde cabe una advertencia: esta es la parte más cruda de la obra. Su absoluta soledad y las malas influencias lo llevan a transitar momentos complejos, incluyendo un intento de suicidio.
¿Es posible que la incapacidad de Yozo para sentirse útil o funcional sea un reflejo de lo que muchos viven hoy? Es probable. El auge de las dependencias en el mundo occidental parece confirmar esta huida de la realidad. Quizás por ello las redes sociales se han convertido en la vitrina de las máscaras que mostramos para ocultar nuestra inadaptación y soledad.
Esta es la novela de la desesperanza y del consuelo pasajero que se trueca en desplazamiento social. Es literatura hecha grito y confesión; una denuncia de que, en el fondo, la sociedad a menudo reprime la autenticidad en favor de intereses mezquinos. Al final, la lectura me deja una certeza amarga: la soledad se corona como el manto que sentencia la vida de Yozo en ese manicomio que, para él, resulta ser el mundo.
