domingo, 5 de julio de 2026

El fracaso del porno chileno

El libro El club de la carne: la fracasada historia del porno chileno, de los autores nacionales Sebastián Alburquerque y Melissa Gutiérrez, nos da a conocer —si tenemos el valor de adentrarnos en sus páginas— la historia del amateurismo frustrado del porno local a fines de los noventa y principios del dos mil. Como una estrella fugaz que pasa rauda por el cielo, el porno chileno tuvo un nacimiento, un auge y una caída; de esa tormentosa y caótica producción cinematográfica es de la que habla este libro. La obra nos presenta una singular investigación periodística que revela la cara oculta de la sexualidad en la sociedad chilena de la transición, entre otros temas que orbitan en torno a su eje central.


Para iniciar este comentario, cabe consignar que esta investigación —publicada en el año 2013 por la editorial Catalonia y la Escuela de Periodismo de la UDP— está compuesta por cinco capítulos que, a su vez, se dividen en varias secciones que contextualizan y profundizan en la materia. El nacimiento y desarrollo de la pornografía nacional tiene ciertos nombres que pueden considerarse emblemas vivientes de este arte sexual cinematográfico, siempre rudimentario y hecho «a la chilena». Así encontramos a Leonardo Barrera, actor, director y pionero del rubro, y también a su pareja de entonces, Maritza Gáez, quien interpretó al mítico personaje y pornostar Reichell.

La obra muestra cómo la sociedad chilena de esa época se encontraba capturada por una moralidad inhibida. Según los autores, esto se debió, en esencia, a la mordaza conservadora heredada de la dictadura militar de Pinochet. En este contexto de censura entraron en juego instituciones civiles y religiosas. Un ejemplo de ello ocurrió cuando se intentó exhibir la película La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese. La Iglesia católica se opuso firmemente y movió sus hilos frente a las autoridades; la cinta fue censurada en 1988 por el Consejo de Calificación Cinematográfica y la prohibición se mantuvo durante años, judicialización de por medio. Agrupaciones conservadoras (como Porvenir de Chile) recurrieron a las cortes y el caso escaló en términos judiciales, logrando que el derecho a la libertad de culto pasara por encima de la libertad de expresión. La película estuvo prohibida constitucionalmente en Chile hasta que la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado chileno. Se reformó la Constitución, por lo tanto, se eliminó la censura previa y la película se estrenó finalmente en los cines comerciales en 2003, bajo el mandato de Ricardo Lagos. 

Esta crónica destaca por estar construida desde las miradas de los propios sujetos involucrados en el submundo del porno chileno. Las entrevistas a directores, productores, actores y actrices van conformando un texto lleno de las excentricidades de aquellos personajes que le dieron una vida, si bien patética, a esta casi «industria». El gran mérito del libro apunta a que logra desentrañar la profunda contradicción cultural y moral de la época: los chilenos se mostraban públicos, conservadores y llenos de inhibiciones, mientras que en lo privado mantenían un alto consumo de material para adultos. En este sentido, hallamos un fenómeno curioso: el porno chileno se convirtió en un fenómeno de masas clandestino. Los mismos sectores que censuraban o criticaban públicamente estas producciones eran los que consumían masivamente los VHS y DVD en los locales del centro de Santiago, como el mítico Paseo Las Palmas o el Eurocentro.

Esto se conecta especialmente con el capítulo dos, «Chile, el destape ya llega», en el cual se hace un breve recorrido histórico que va desde el porno primitivo de la época de los hermanos Lumière hasta el Sexo Chic como estilo de vida y bien de consumo, personificado en la figura de Hugh Hefner, fundador de Playboy. Para ponerlo en contexto, a la sociedad chilena nunca le llegó un destape definitivo en esos términos. En esta parte del mundo siempre se estuvo mirando hacia Estados Unidos y Europa como referentes. Una de las producciones que marcó el camino en las tierras del Tío Sam fue Garganta profunda (1972), hito con el que la sociedad norteamericana comenzó a visibilizar lo sexual y a ponerlo de moda, lo que evidentemente generó repercusiones en otras latitudes.

En cuanto a lo que sucedía en Chile a partir de la dictadura, la bohemia se vio estancada. Las vedettes y los espectáculos revisteriles en locales nocturnos se vieron afectados tanto por la censura moralizante como por los toques de queda que mataban la vida nocturna. Asimismo, la irrupción del VIH/Sida en el mundo y su llegada al país a principios de los ochenta fue, por un lado, un aliciente para que los sectores conservadores criticaran la libertad sexual y a la comunidad homosexual y, por otro, un golpe demoledor para las condiciones culturales necesarias que permitieran generar un nicho de mercado para las producciones nacionales. A pesar del retorno a la democracia en 1990, la sociedad no logró despegarse del influjo conservador. En palabras del escritor Jaime Collyer, quien es citado en el libro, la identidad sexual del chileno es «atormentada» porque siente la presión de mantener una imagen de rectitud moral.

El porno chileno tuvo momentos de impacto social, escándalos y temporadas de rentabilidad intermitente. Sin embargo, la precariedad económica fue el talón de Aquiles de realizadores como Leonardo Barrera; es decir, se presentaron oportunidades, pero se cayó en la falta de profesionalismo. Nunca se logró una inversión de capitales que potenciara el trabajo creativo de productores como Barrera, Gustavo Prádenas, Felipe Concha, conocido como Max Turber, Rocco de la Vega (director de la cinta Pan caliente) o Pablo Aguayo, considerado el zar de los sex shops santiaguinos de los dos mil. Pero lo que más faltó en esta historia fue un diseño de modelo de negocios sostenible, el cual nunca se pudo estructurar porque internet llegó a colocar la lápida sobre algo que, en la práctica, nació muerto.

Otro aspecto llamativo es cómo la obra examina el salto de los rostros del porno desde las películas clandestinas a los programas de televisión abierta —especialmente en la incipiente farándula de los 2000—, convirtiendo el escándalo sexual en un producto de consumo televisivo diario. Ese salto también se produjo hacia la política criolla cuando Reichell fue tentada a iniciar una candidatura a diputada apoyada por el PRSD, una aventura que involucró a figuras como Nelson Ávila y Joaquín Lavín, pero que nunca fructificó.


Bajo la lógica del amateurismo, con actores y actrices de cuerpos mundanos y lejanos a la estética esbelta de la industria estadounidense, la falta de financiamiento y las deficiencias en la distribución sepultaron el negocio. El material ya no necesitaba un soporte físico —lo que destruyó el negocio de los piratas del centro— y la ausencia de un modelo claro impidió que estas iniciativas despegaran. Según el crítico de cine Daniel Olave, hablar de cine porno en Chile es referirse a una anécdota marcada por un patetismo imposible de catalogar. En definitiva, la producción de este cine fue el sueño de unos locos a los que el arribo de internet dejó a destiempo, provocando que esta cuasi industria cinematográfica llegara tarde a su propio nacimiento.


El fracaso del porno chileno

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