¿Es posible que la literatura pueda redimir a los seres humanos de la barbarie, el odio y tanta miseria humana que pueda existir? Para poder responder a esta pregunta es necesario, primero que todo, leer la novela "Nocturno de Chile" del escritor chileno Roberto Bolaño.
Narrada en primera persona y de una extensión breve, hace su aparición allá por el año 2000. Sebastián Urrutia Lacroix (narrador y protagonista), un sacerdote, crítico literario y poeta chileno; cuenta su vida desde su lecho de muerte, dándonos a conocer sus aciertos, excesos, omisiones y pecados. Esta obra es una confesión febril, no lineal y también contradictoria; que Urrutia le dirige a un "joven envejecido" que lo ha ofendido o que puede representar su misma conciencia, mientras está en sus últimos momentos de vida.
La historia avanza por medio de los recuerdos fragmentados del cura Ibacache, que es el seudónimo que utiliza Urrutia como crítico literario para la crítica nacional, reservando su nombre real para la poesía. En su juventud Urrutia entra al Seminario, y forma amistad con Farewell, crítico literario chileno de renombre y mentor del narrador. La iniciación en el mundo literario de Ibacache es cuando Farewell lo invita a su fundo en el sur, llamado "Là-bas". Allí el protagonista presencia una escena sacada de un sueño, en la cual ve a Neruda recitando a la luna. Para los que quieran saber un poco más respecto del curioso nombre del fundo (hacienda se dice fuera de Chile), éste obtiene su vocativo de uno de los libros de Huysmans que es mencionado en la historia. Dicho fundo, posteriormente, será expropiado por el gobierno de Salvador Allende, como muchos otros también, como ejemplo de aquellos actos reparatorios de la Unidad Popular; que un sector tanto llora aún. El cura Ibacache también dará cuenta en su relato de sus viajes a Europa, en un periplo que lo lleva a visitar iglesias, sacerdotes cetreros y a escuchar historias acerca Ernst Jünger y la idea de la burocracia del mal; encarnado el concepto en él mismo, como un sujeto que de alguna manera ejerce el horror y la violencia que se llevan a cabo mediante estructuras administrativas burocráticas de la dictadura militar chilena. Esto se ve muy representado en esos dos agentes del Estado que reclutan a Ibacache para que este les dé clases a la gente de la Junta Militar de Pinochet (incluido el mismo dictador); acerca del marxismo, para así "conocer mejor al enemigo". El lenguaje que ocupan los personajes de Odeim y Oido (los agentes), es el lenguaje de la burocracia del mal. Palabras y expresiones como: "becas", "honorarios", "servicio a la Patria", "discreción absoluta"; son el lenguaje de oficina, contratos y trámites que tienen su eco en las violaciones de los derechos humanos.
Por otra parte, se podría decir que las clases de marxismo son el núcleo de la novela, ya que es allí donde se concentra, en nuestro juicio, la crítica más potente que hace Bolaño en la obra diciéndonos lo ignorantes y brutos que son aquellos seres militares que ostentan el Poder. Asimismo, encontramos otro hito importante en este relato; que se encuentra vinculado con las tertulias literarias que María Canales hacía en su casa. El cura asiste a estas tertulias a sabiendas, que el personaje de Canales está casada con un agente de la DINA; y es en esa casa, en el sótano, donde se tortura y se matan a prisioneros de la dictadura. Otra novela de Bolaño que se vincula con esta escena es "Estrella distante", por cierto que esa novela, es una de las obras esenciales para apreciar el arte literario de uno de los más grandes escritores de las letras chilenas.
Es evidente que la Iglesia Católica sale mal parada en esta obra. La crítica a esta institución espiritual es clara en la figura de Sebastián Urrutia Lacroix. A lo largo de toda la novela podemos ver o intuir a una Iglesia acomodada, que colabora con el Poder dictatorial y que, por supuesto, ha olvidado su misión espiritual, viéndose cómoda en los espacios de la élite y en la complicidad del horror. Si seguimos en esta línea crítica, Bolaño no deja títere con cabeza. En este libro, los escritores de “cartón” tienen un sitial bien ganado, porque son descritos como personas frívolas y serviles a la cúpula dictatorial. Son seres acomodaticios, que se sienten a sus anchas en sus lugares de estatus, preocupados por los pequeños conflictos literarios en vez de centrarse en la realidad política y social del país. Es así como la literatura, como institución, también recibe dardos en el sentido de lo ya mencionado. Aquellos literatos, meros personajes de circo; que discuten y debaten "la gran literatura", ven en el arte literario una suerte de refugio para esa actitud mediocre y cómoda que tienen Urrutia y su círculo de amigos y los altos cargos de la dictadura militar.
La obra funciona como un ajuste de cuentas de Bolaño con el pasado, con la traición de aquellos que se quedaron callados y estuvieron llamados a dar consuelo a los que sufren. En este sentido, la culpa que el cura Ibacache, de alguna manera siente, en ese lecho de muerte; acosado por "el joven envejecido", que lo emplea para descargar el desarrollo de un relato cargado de autocrítica (según como se mire en todo caso, esto queda a criterio de cada lector), que es a su vez el reflejo del rostro despiadado de una época y de una clase intelectual miserable; que prefirió dar vuelta la mirada a aquello que no le acomodaba, eso, es algo fundamental a nuestro entender.
Concluyendo, podemos afirmar en esta reseña que el escritor de "2666" muestra su sentir sobre la doble moral de los auténticos actores de esa época; dando cuenta de la complicidad intelectual, la culpa y el silencio. El cruce entre literatura y política; una dupla que siempre da qué hablar es sorprendente lo bien que lo trabaja Bolaño en esta novela. Por último, también, “Nocturno de Chile”, nos habla de la identidad chilena y el colonialismo cultural, casi de soslayo, a lo largo de esta historia podemos ver esta idea. Acá se describe a toda esa siutiquería; de que el chileno debe imitar las últimas tendencias foráneas. A través de Urrutia, accedemos a esa crítica de la mediocridad humana, el provincialismo chileno y, repetimos, la inclinación a emular los paradigmas europeos por parte de la élite cultural nacional, es otra fuente de crítica que emana constantemente en este libro. En el fondo esta obra es la crítica fundamental de una época, cargada de una actitud servil e hipócrita; y de la principal víctima de Bolaño: la Iglesia Católica y las instituciones de poder dirigidos por el horror de criterios retorcidos, aplicando de manera brutal un sistema ideológico a la fuerza, a través de la violencia y la ignominia de una dictadura que por esa época fue una real tormenta de mierda.

